Alfonso II el casto (791 - 842)
Al fallecer
Vermudo,
quedó solo en el gobierno del reino
Alfonso,
el hijo de
Fruela
y nieto de
Alfonso
I, que desde su niñez, por cuatro veces, fue
desposeído del reino por diversos magnates, a pesar de los
esfuerzos de los súbditos que le eran fieles. Al hacerse
cargo del trono, el naciente
Estado de Asturias
tenía por límites casi los mismos que tiene actualmente la
provincia. El mar Cantábrico, por el norte; los Montes
Erbaseos, por el sur;
Vasconia y
Navarra,
por oriente, y
Galicia, por occidente.
El reinado de Alfonso
II va a ser decisivo para el pequeño reino asturiano.
Una de sus primeras disposiciones fue trasladar la corte a Oviedo,
cuya población había crecido rápidamente. Alfonso
se hallaba casado con Berta, y deseoso
de una vida más pura y santa, vivió con ella castamente, por
eso se le puso el sobrenombre de Casto. No se forjó Alfonso
ilusiones acerca de la actitud de los gobernantes de Córdoba;
no estaba dispuesto a pasar por las condiciones y
complacencias que con ellos habían tenido los reinados
anteriores, y se preparó para la contingencia que pudiera
ocurrir, pues no dudaba que se avecinaba una lucha enconada,
dados los ímpetus belicosos del emir Hisharn.
No disfrutó mucho tiempo de tranquilidad. En el año de 792
los ejércitos musulmanes se dirigieron contra Francia,
pasaron el Pirineo y llegaron en sus conquistas hasta la
ciudad de Narbona, regresando victoriosos.
Pero no podía consentir por más tiempo Hisham,
la existencia del reino cristiano en la península y resolvió
aniquilarlo de una vez. A tal fin preparó la expedición en
el verano del 794, equipó dos ejércitos y puso al frente de
ellos a los hermanos Abd al-Malik y Abd
al-Karim. El segundo, se encargó de recorrer y
devastar toda la zona oriental de España. El ejército más
importante lo dirigió Abd al-Malik, que
tenía por misión destruir el reino de Asturias. Subió hacia
el norte, recorrió las casi desiertas tierras del Orbigo,
remontó el curso del río Luna,
atravesó el puerto de La Mesa, llega a Grado
y penetra en Oviedo, que es asaltado y
saqueado, llevándose un inmenso botín.
Alfonsono había dado señal alguna de vida, oponiéndose al
avance del ejército invasor. Marchaba éste lleno de orgullo
y cargado de riquezas, para dar cuenta al emir Cordobés del
éxito de la expedición y del total aniquilamiento del reino
cristiano. Al llegar a un lugar, que los historiadores
llaman
Lutos, y aunque hay distintas
opiniones, parece identificarse con un caserío llamado
Los
Lodos, a unos kilómetros al suroeste de
Grado,
se vieron acometidos en todas direcciones por los cristianos
y fue tal la sorpresa y el furor de las huestes de
Alfonso,
que causaron una matanza entre los árabes, desbaratándolos
de tal forma, que las
Crónicas de Alfonso III eleva el
número de muertos a 70.000, cifra exagerada, pero que revela
la magnitud de la derrota, reconocida por los mismos
escritores musulmanes, como
Ahmed al-Razi.
Los cristianos recuperaron todo el botín que los árabes
llevaban como trofeo de las victorias; botín que contribuyó
también a su derrota, por la dificultad de evolucionar con
tanta carga. Después de esta victoria,
Alfonso
mandó levantar castillos en los lugares más
estratégicos, a fin de defender el territorio contra nuevas
invasiones.
El emir Hisham,
deseando vengar el desastre sufrido por su ejército, que él
esperaba recibir victorioso, comenzó a preparar otra
expedición para el siguiente año, intentando hacer un
esfuerzo decisivo. Reunió un numeroso ejército, con 10.000
jinetes, y lo puso al mando de Abd al-Karim,
hermano del derrotado Abd al-Malik, y que
anteriormente había arrasado la región de Alava.
Entró Abd al.Karim por la región de Astorga
y al acercarse a los puertos asturianos se encontró con el
ejército del rey Alfonso, que intentó
cortarle el paso; pero Alfonso fue
derrotado en este primer encuentro, que tuvo lugar el
viernes 18 de septiembre de 795, iniciando la retirada.
Abd al-Karim, encontrando ya el camino libre,
se internó por Asturias, robando y saqueándolo todo a su
paso. En Quirós se encontró con la
caballería cristiana, mandada por un magnate llamado Gundemaro,
el cual fue vencido y hecho prisionero. Entretanto Alfonso
defendía los accesos a la capital, para impedir la
entrada en Oviedo, pero, acosado por la
numerosa caballería musulmana, se vió obligado a emprender
la retirada y refugiarse en los estrechos valles del río
Nalón. Oviedo, incapaz de defenderse ante
tan numeroso ejército, fue de nuevo tomada y saqueada. Ante
lo avanzado de la estación y el temor a los rigores del
invierno, Abd al-Ka-rim resolvió emprender
la retirada y volver a Córdoba.
Veía
Alfonso que le
iba a ser muy difícil resistir las continuas embestidas de
los ejércitos musulmanes, cada vez mas numerosos, y que
peligraba su pequeño reino, que, sin recibir auxilio de
nadie, tenía que bastarse a sí mismo para luchar contra todo
el ejercito musulmán. Convencido de que al año siguiente iba
a ser atacado de nuevo, trató de buscar el apoyo del
emperador
Carlomagno, ya que ambos podían
unirse para luchar contra un común enemigo. A tal fin
despachó
Alfonso una embajada, portadora
de ricos presentes en caballos, armas y cautivos, y una
tienda de campaña cogida a los moros, de gran riqueza y
maravillosa hechura, esperando obtener la amistad del
emperador francés. La embajada fue bien recibida y
despachada amigablemente, acordando ambas partes, trazar un
plan de ataque y resistencia para el siguiente año. Por
suerte para
Alfonso, la temida expedición
del 796, no llegó a realizarse, por haber muerto, en abril
de dicho año, el emir de Córdoba,
Hisham.
Los ejércitos musulmanes ya no volverían a pisar el suelo de
Asturias.
Alfonso se entera de que Córdoba
anda algo revuelta; pero, no obstante, quiere prepararse
para todo evento, y envía, en 797, nueva embajada a
Carlomagno,
presidida por
Fruela,
que el emperador recibió en
Aquisgrán,
estipulándose quizá la venida de tropas francesas a España,
aunque estos tratados parece originaron algunas protestas en
la corte de
Oviedo; pero
Alfonso
quiere seguir a toda costa su política de paz y amistad con
los franceses en la lucha con los musulmanes.
Llega el año 798, y Alfonso
al ver que no es atacado, con el ejército que tenía
dispuesto para la defensa, resuelve emprender la ofensiva.
Sale de Asturias, llega a la meseta castellana, se dirige
hacia occidente y llega triunfante en sus correrías hasta la
ciudad de Lisboa. La asalta y saquea y
vuelve a su corte cargado de un inmenso botín. Los emires
Cordobeses hacen sus ofensivas débiles y muy espaciadas, lo
que aprovecha el rey asturiano para ir ensanchando sus
dominios. Al fin, el emir Al.Hakam se
apresta a poner freno a las audacias de los cristianos y
envía al viejo general Abd al-Karím contra
ellos. Se hallaba entonces Alfonso con su
ejército en los confines de Castilla la Vieja, cerca de Miranda
de Ebro. Allí se encontraron los dos ejércitos,
que entablaron una 1ucha sangrienta y enconada por espacio
de tres días, en que no acababa de decidirse la victoria,
hasta que al fin, ante la superioridad del número, los
cristianos se vieron obligados a emprender la retirada y
refugiarse entre los desfiladeros de Pancorbo,
habiendo grandes pérdidas por ambas partes. Tuvo lugar esta
batalla en el año 816.
Hasta el año 822, hubo un período de
tranquilidad; pero en esa fecha sube al trono Cordobés Abd
al-Rahman II, que al año siguiente, envía un ejército y avanza
por tierras de Alava, saqueando y matando.
En años sucesivos nuevos ejércitos árabes fueron enviados
contra Galicia, pero fueron aniquilados
por Alfonso. Para vengar el desastre,
fuerzas musulmanas, mandadas por Ubayd Allah el
Balansi, llegan hasta los confines de Castilla
saqueando y arrasando poblados. Sin duda por negociaciones
habidas entre el emir de Córdoba y Alfonso,
se estableció una tregua, y durante 12 años, se disfrutó de
paz, que aprovechó Alfonso para
reorganizar el régimen interior de sus estados.
La lucha frecuente que
Alfonso II tuvo que
sostener con los musulmanes, no le impidió ocuparse y
aprovechar el tiempo de paz para gobernar sus dominios, dictar
leyes, trabajar por la mejora de las costumbres, dando
esplendor a la autoridad real. Reorganiza su reino política y
administrativamente, imprimiendo un carácter neogoticista a su
política. Sin embargo, la existencia de testimonios
documentales, como el
Testamentum
Regis Adefonsi del año 812, parecen cuestionar tal
proceso de restauración neogoticista, el cual se produciría en
un período monárquico posterior. Este programa político
alfonsí quedaría materializado fundamentalmente en la
consideración de la nueva
sedes regia de Ovetao
como sede episcopal, y en la celebración, en la misma, de un
posible Concilio que supuso la reestructuración de la
disciplina interna del nuevo reino asturiano. Surgen,
entonces, muchos cargos del "
oficio palatino"
visigodo en torno a la corte alfonsí, mientras que, en la
administración de la justicia, se seguirá el código visigodo
del
Forum iudicum.
Alfonso
II, según la
Crónica
Albeldense, implanta el conocido
ceremonial cortesano del reino de Toledo, como emulación de la
organización toledana. Con ello, se pretendía reforzar su
independencia y reorganización interna, al mismo tiempo que su
conversión en los herederos directos de la monarquía visigoda
de Toledo.
En el campo artístico, la etapa alfonsí representa el impulso
constructivo más importante de lo que, con el tiempo, se
denominará Arte Prerrománico Asturiano. En
el interior del pequeño recinto amurallado, que representaba
la primigenia ciudad de Oviedo, Alfonso II,
por medio de su arquitecto real Tioda
levantó, según nos relatan de forma fidedigna las crónicas de
la época, la Iglesia de San Salvador:
"Theoda edificator predictae Ecclesiae Sancti Salvatoris"
Asimismo, construye
la Iglesia de Santa María (hoy llamada Capilla
del Rey Casto, en memoria de su fundador), en la cual
destina una capilla a panteón real, y la Iglesia de
San Tirso Mártir .
Edificó también
la Iglesia de San Julián de los Prados, “
distante del Palacio casi un estadio”.
Construida como iglesia palatina, entre 812 y 842, extramuros
de la ciudad de Oviedo, su decoración interior muestra un
conjunto pictórico cuya belleza y temática representan el
exponente de pintura mural altomedieval hispana más antigua e
importante que se conserva.
Levantó un palacio para su morada y por
medio de un acueducto tendido desde un monte próximo a San
Lázaro, proveyó de agua a
la ciudad. Para refugio de los pobres y peregrinos construyó
el Hospital de San Nicolás, hoy desaparecido.
Construyó, igualmente,
la
Iglesia de Santa María de Bendones, en
las afueras de la
Urbs Regia, así
como la
Iglesia de San Pedro de Nora,
situada también en las proximidades de la
Regia Sedes.
Edifica, además, su
palatium, al
cual anexiona la
Capilla Palatina llamada
Cámara
Santa, edificación de carácter martirial de dos
plantas: la cripta dedicada a la mártir de
Toledo
Leocadia, y la capilla superior, dedicada a
San
Miguel, en la cual se custodian las reliquias
conseguidas por los inmigrantes cristianos procedentes de
al-Andalus. En su interior se conserva, además, una de las
piezas de orfebrería más significativas del Arte Asturiano: la
Cruz de los Ángeles, donada por el propio rey
Alfonso II, en 808, a la
Iglesia de
San Salvador (fundada por su padre
Fruela)
y realizada por orfebres pertenecientes a un taller ambulante,
probablemente de procedencia ultrapirenaica. Entre 789 y 796,
funda varios monasterios en Liébana.
El camino Jacobeo
Durante el reinado de
Alfonso
II El Casto, tiene lugar el hallazgo de la tumba
del Apóstol
Santiago el Mayor, cerca de
Iria
Flavia (813). Al conocer el hecho, se encamina
hacia
Compostela siguiendo el camino más
rápido, que iba desde
Oviedo, atravesando el
concejo de
Tineo, hasta
Lugo y
Compostela (este
camino
es el más viejo de todos). Esta ruta, ya tiene carácter de
"oficial",
pues cuando
Alfonso II (en el año 883) dona
al obispo de Compostela,
Sisnando, una finca
en
Cerredo (
Tineo),
construye más tarde un hospital "
junto al
camino". Es pues, el
primer
itinerario Jacobeo.
Más adelante en el tiempo, se une el llamado
Camino
Francés, que unía las ciudades
de
Oviedo (la más rica en reliquias del
Occidente de Europa) con
León.
Levanta una iglesia de fundación real en su honor, en el año 829, en
el lugar de Galicia Campus Stellae
(posterior Compostela), donde supuestamente
se encontró su sepulcro. No mucho después, Florus de
Lyon escribiría en su Martirologio:
Los sagrados huesos de este
bienaventurado Apóstol, traídos a España, son venerados por
esos pueblos con una extraordinaria devoción, en el extremo
del país, frente a la mar Británica"
La Cruz de los Ángeles
Cuenta la tradición, que deseando el
Rey Alfonso II hacer una cruz para colocar
en el templo del Salvador (lleva allí desde el año 808), que
acababa de edificar, había reunido a dicho fin gran cantidad
de oro y piedras preciosas, recogido en las incursiones
realizadas por tierra de moros. Un día el Rey vio a dos
jóvenes en traje de peregrinos, los cual es se le acercaron
y le manifestaron que eran orfebres y habían tenido noticia
de que deseaba construir una cruz de oro y pedrería, y
venían a ofrecerse por si quería utilizar sus servicios.
Aceptó el Rey muy gustoso, les proporcionó un aposento donde
pudieran trabajar, sin que nadie les molestase, como ellos
le habían pedido, y les entregó el oro y piedras preciosas
para la construcción de la cruz.
Al día siguiente, preocupado el Rey
porque había entregado tanta riqueza a unos extranjeros, y
temeroso de ser objeto de un engaño, mandó a dos emisarios
que fueran al aposento de los orfebres y vieran lo que
hacían. Llegados a la habitación llamaron y como nadie
contestase, miraron por entre las puertas y vieron dentro
gran resplandor, que les deslumbraba, sin que pudiesen
reconocer lo que era. Volvieron espantados de aquella
maravilla y dieron cuenta al Rey de ello. Fue éste con gran
acompañamiento a ver la novedad; hizo abrir las puertas y
vio todo el aposento iluminado por el resplandor que salía
de una preciosa cruz, que apenas se dejaba ver, porque la
intensidad de la luz eclipsaba la vista. Los mancebos habían
desaparecido. Dio el Rey cuenta al Obispo de aquel suceso;
acudió el prelado a verlo y luego se organizó una devota
procesión; portaba el mismo Rey la cruz, la introdujo en la
iglesia y la colocó en el altar del Salvador. Así cuenta la
leyenda como tuvo lugar la construcción de la Cruz
de los Ángeles, llamada asi por juzgar que cosa
tan prodigiosa no podía ser realizada, en aquellos tiempos,
por manos humanas, sino por manos angélicas.
Mide la cruz unos cuarenta y seis
centímetros de altura por otros tantos de ancho y dos de
grueso. Tiene en el anverso 48 piedras preciosas
distribuidas por los brazos, y en el reverso cuatro piedras
grandes, una en cada extremo de los brazos y un camafeo
central con un doble círculo de perlas enhebradas en hilo de
oro. En cada brazo hay una inscripción en latín de dos
renglones que, traducida, dice así:
Este don permanezca en honra de Dios, siendo recibido agradablemente;
ofrécelo el humilde siervo de Cristo Alfonso.
Con esta señal el bueno es defendido.
Con esta señal es vencido el enemigo.
Quien quiera que presumiere quitármelo, sea muerto con rayo del cielo, sino cuando mi libre voluntad lo ofrezca.
Acabose esta obra en la Era de ochocientos veintisiete.