E.N.S.I.D.E.S.A.
El día 5 de junio de 1.950, Presidencia de Gobierno
emite un decreto por el que se encomienda al INI
la construcción de una empresa mixta para la creación de un
centro siderúrgico que, en el plazo de diez años, incremente
la producción anual obtenida en las distintas industrias,
debidamente ampliadas, en la cifra de 600.000 toneladas de
productos terminados por año. El 28 de julio de ese mismo año
de 1.950 se constituye la sociedad. El capital inicial es de
1.000 millones de pesetas. Había nacido E.N.S.I.D.E.S.A
(Empresa Nacional Siderúrgica
De España, S.A), empresa participada al 40% por el INI,
que acabaría por hacerse con el control total ante la apatía
del capital privado.
Instalar la fabrica, requería acondicionar los terrenos,
cimentar toda la obra y construir un nuevo puerto encauzando y
desviando la ría. Tareas que se realizarían en una marisma, en
terrenos bajos, pantanosos, intransitables e inundados
periódicamente. Desapareció el
Barrio de San
Sebastián, realojado para ceder sitio a las nuevas
obras. Se desvió el trazado del
Tranvía
de Carreño.

La llegada a Avilés
de la draga de succión holandesa
Pax , en el
otoño de 1.951, supuso el comienzo de las obras de la nueva
factoría, en los terrenos de
Las
Huelgas, casi deshabitados y delimitados por
el malecón que impedía que la ría los anegase. Con sus 500
caballos de vapor, comenzó a chupar los fondos de la marisma
de Avilés, a razón de 20.000 toneladas diarias, yendo a
depositarlas luego en las marismas para cimentar el lugar que
ocuparía la empresa. En total, fueron 6 millones de metros
cúbicos los que movió la
Pax.
En 1951, un año después de la llegada de la draga Pax,
una foca errante se internó en la ría de Avilés, hecho que fue
considerado como señal de prosperidad ante el nuevo futuro
industrial de la ciudad. La foca se convirtió en un personaje:
lo mismo se la podía ver tomando el sol en lo que luego fue
muelle siderúrgico, que zambulléndose en busca de las anguilas
que poblaban en abundancia nuestra ría, para salir luego a la
superficie a comer. Un día tal como vino, se fue.
Una vez concluido el trabajo de la draga, comenzó la
desecación de las marismas y la cimentación de la fábrica,
para lo cual se usaron más de 1.000 de las famosas y tristes "campanas"
y más de 100.000 pilotes hincados. Las campanas o “cajones
indios”, verdadero nombre técnico de las campanas,
eran estructuras de hormigón hincadas en el barro en las que,
a base de aire comprimido, se creaba el vacío permitiendo el
trabajo de una brigada de hombres metidos en su interior. Fue
el principal medio para resolver una tarea tan compleja como
la de afirmar muy pesadas estructuras más allá del movedizo
suelo ribereño. Los esteros de la ría se poblaron de ellas
hasta donde alcanzaba la vista. Se levantaron más que en toda
España hasta aquellos días. Avilés asistía a la creación de un
gigante.
Las condiciones de trabajo en el interior de las campanas eran
terribles. Hubo accidentes. Hubo muertes. Las secuelas debidas
a compresiones inadecuadas eran frecuentes: hemorragias,
rotura de tímpanos, daños en las articulaciones. Eran obreros
a los que “se les metía el aire en los huesos”.
En torno a las campanas se fue creando una leyenda negra que
contaba que los muertos reales eran muchos más que los
confesados por el Régimen. Los “campaneros”
eran en su mayoría emigrantes procedentes de León, las
Castillas, Extremadura, Galicia y Andalucía.

Según cuentan los que vivieron
aquella época, algunos carecían de documentación oficial (los
sin papeles de entonces), otros eran ex-presidiarios o habían
sido sacados de las cárceles para realizar estos trabajos,
otros habían sido perdedores de la
Guerra,
muchos habían abandonado el campesinado para buscar fortuna.
Tantos muertos y tantos accidentes serían imposibles de
silenciar, pero es verdad que la identidad de algunos
campaneros no figuraba en ningún censo o registro, la llegada
de emigrantes era masiva y difícil de contabilizar (éstos
vivían hacinados en una ciudad incapaz de acomodarlos) y las
autoridades franquistas silenciaron determinadas catástrofes.
Así que el único accidente mortal del que queda constancia
escrita llegó el 3 de diciembre de 1.954.
Una filtración de agua quebró el vacío y el bloque de hormigón
de una de aquellas campanas sepultó, según la prensa de
entonces, a seis trabajadores que trabajaban cimentando a
trece metros de profundidad. Sus cuerpos aparecieron dos días
después. Los campaneros fueron leyenda y recuerdo indeleble.
Ningún avilesino de entonces puede olvidar el ruido de los
pilotes de hormigón, día y noche.
Llegaban sin cesar trenes atestados de campesinos con pantalón
de pana, chaqueta de dril, sombrero o gorra, maleta de madera
atada con un cordel y muchos de ellos con brazalete negro (en
esa época, el luto duraba muchos años). Junto a ellos, también
aparecieron multitud de huidos de la justicia.
La llegada de los inmigrantes para la construcción de ENSIDESA,
hizo que se habilitasen como alojamiento, todo tipo de locales
(hórreos y establos incluidos). Pero nada fue suficiente.
Algunos durmieron al raso, en las calles o en los cuatro
barracones que se pertrecharon:
Para alojarse en ellos debían demostrar haber trabajado ese
día y además, el precio de ese alojamiento se le descontaba
del sueldo mensual; los de un turno se acostaban en las camas
que dejaban los del siguiente turno, era el tiempo de las
“camas calientes”. Esos barracones donde dormían 500 hombres y
que podían hacerse su propia comida o la colada, eran
frecuentes los robos, peleas y ajustes de cuentas.
Locales como el
Café Colon
o el
Diamante, se convirtieron en lugares de
timbas interminables.
Había algunos lugares de concentración, por ejemplo, frente a
lo que ahora es el barrio de
Llaranes,
en los terrenos que quedan entre la actual autopista y la
fábrica. Antes, no era más que una gran explanada donde
rastrillos, barberos y demás “autónomos” con la banqueta al
hombro, esperaban que algún cliente solicitase sus servicios.
Al igual que las prostitutas que desembarcaban del
Tranvía Carreño
provenientes de
Gijón. Iban por parejas, y
mientras una vigilaba y cobraba la otra consumaba la
transacción únicamente tapada con una manta.
Había también una institución fija para este tipo de comercio,
El Cabaré” situado en la esquina de
González
Abarca y
Quirinal, donde se
hacían colas que llegaban hasta el lavadero de
Sabugo
(200 metros) en filas de a tres. La tensión
acumulada y los ajustes de cuentas hicieron que las propias
fuerzas de orden público eran las encargadas de organizar las
colas.
Los de la Castilla profunda que nunca habían conocido el mar,
integraban el nutrido grupo de los que inmóviles miraban al
horizonte de
San Juan o
que rodeaban (siempre enfundados en su traje de pana) a las
mujeres que tomaban el sol en bañador.
En las procesiones de Semana Santa, empezaron a oírse las
primeras saetas, provocando el enfado de estos al ver que el
paso no se detenía ante ellos como es costumbre en Andalucía.
En 1.953 se comienza la construcción de
Llaranes,
ahora de titularidad municipal, promovida por la empresa
siderúrgica
ENSIDESA para albergar a más de
mil familias y vecinos de su factoría (1.953-1.957). A este
grupo de viviendas, le siguieron
La
Luz, con 2.056 viviendas levantadas entre
1.957 y 1.962.
La Texera (1.954-1.959)
o el grupo
Francisco Franco. La Pedrisca
(1960-1965) y La Carriona (1.955-1.959), y por último,
Buenavista
(1.954-1.956). Las cooperativas de
trabajadores, con el apoyo financiero de sus empresas, también
tuvieron su protagonismo; las más representativas fueron las
de
San José Artesano y
Portuarios (312 y 112 viviendas, respectivamente), la de
Cristalería
en
La Maruca
y la del Pozón en
Llaranes.
El desorden se apoderó de la ciudad: juego, prostitución,
delito, … Ante el clamor popular, el Gobernador Civil,
en 1.954 estableció la Policía Armada.
En 1954 se produce la primera manifestación de la Asturias de
posguerra, en la época de los emigrantes llegados para la
construcción de
ENSIDESA. El capellán
José
Borbolla encabezo una manifestación de "
coreanos"
desde
Llaranes hasta
la
Casa Sindical de Avilés.
¿
Tocote? Preguntaban los espectadores de las
rifas celebradas en el
Cine
Marta y Maria . Sorteos para asignar nuevas
viviendas. En algún caso pudo haber pervivido algún barrio de
nombre
Tocarate que era la expresión de
consuelo que se decía a quien no había sido agraciado en la
primera ocasión. Al entrar en la década de los sesenta, la
edad media de Avilés era de poco más de 27 años y solo había
17 viejos por cada 100 jóvenes. Una legión de Avilesinos vivía
realquilada, en casas de arrendatarios donde se compartían
habitaciones con o sin derecho a cocina.
En estos años no mandaba el ayuntamiento, mandaba ENSIDESA
que solo rendía pleitesía al INI y este al
palacio de El Pardo. La Junta de
Obras del Puerto se vio obligada a abandonar su ya
iniciado puerto pesquero para dejar sitio al siderúrgico ante
las amenazas de la empresa. El mismísimo alcalde de Avilés, Eduardo
Fernández dimitió cuando en 1.956 solicitó al
ingeniero jefe de ENSIDESA
el canon municipal por los proyectos de sus poblados y esta se
negó. La fábrica era autónoma y estaba exenta de impuestos.
En 1.956, tres meses antes de que viera el mundo ENSIDESA,
tuvo lugar el encendido de los 30 primeros hornos de coke,
dando la primera producción de la empresa (62.000 toneladas);
A principios de 1.957 arrancó el primer horno alto, Carmen.
En ese momento, la población de Avilés casi se duplicaba
acercándose a los 50.000 habitantes en los años 60.
La empresa creó sus propios embalses, en La Granda y
Trasona , asegurándose todo el suministro de
agua dulce. Y la energía eléctrica la aportaba su propia
central térmica desde 1.957.
El 25 de septiembre de 1.957, cuando estaba a un mes y días de
cumplir su primer año, Franco en compañia
del presidente del Instituto Nacional de Industria,
inaugura el primer horno alto (Carmen) de la
Empresa Nacional Siderúrgcia de
España, S.A. El acto inaugural de la factoría,
constó de acto castrense y comida oficial en la planta de
aceros (los escogidos comían en el convertidor y los nobles y
pueblo en mesas de tableros en la nave de hornos, situados de
mayor a menor categoría en las proximidades de Franco).
La comida, formada por dos platos y postre era distinta para
él, siendo llevada por su gente desde su catering. Nadie era
servido antes que el y nadie terminaba después de el. Cuando
se corría la voz de que Franco estaba
servido, servían a los demás y cuando se volvía a correr la
voz de que había terminado, retiraban los platos. Lógicamente,
de los que estaban fuera del convertidor, solo comió algún que
otro ministro; los peritos y resto de la selección veían
llegar los platos y salir, quedándose en ayunas.
El 28 de noviembre de 1.958, Ensidesa estrena
su segundo horno alto, a los pocos meses de haber puesto en
marcha el primero. La producción de arrabio aumenta en 1.300
toneladas.
En torno a Ensidesa (Cristalería
Española, Siderurgia Asturiana y
Asturiana de Zinc), se crearon un sinfín de
medianas y pequeñas empresas auxiliares. Esto hizo que una
gran masa obrera acudiera a estos lares encandilada por el
trabajo abundante y seguro. Obreros que, ante la falta de
viviendas, se instalaban en barracones adyacentes al lugar de
trabajo cuyos espacios compartían alternativamente según,
incluso, los turnos laborales. Condiciones duras éstas,
difíciles, conocidas por el nombre de "los años
calientes". Cuando un obrero dejaba su hueco en el
barracón para acudir al trabajo, otro lo ocupaba para
descansar no dejando apenas tiempo ni para la ventilación ni,
siquiera, para que el calor humano se enfriara.
El llueve o chuece que tanto repetían al
trabajar en el campo aquellos obreros, había pasado a mejor
vida. Aquí, todos los meses, te cae la paga. Por todo ello,
Avilés creció y sacudiéndose los agobios de los "años
calientes" fue atendiendo, en lo que podía, con unos servicios
mínimos a los nuevos núcleos. Las caleyas se convirtieron en
caminos y los caminos en carreteras. La ciudad industrial ya
estaba en marcha. De 18.037 habitantes que Avilés tenía en
1.940, pasa a tener: 21.270 en 1.950, 48.503 en 1.960 y 81.710
en 1.970.
Así tenemos que: En 1.950 el 74,9 % había nacido en la
población. En 1.960 eran naturales de Avilés el 35,2%. En
1.965 los no asturianos eran el 37,1 % del total. Este 37,1%
se descompone, según los principales lugares de procedencia,
así: 11,3 % de las provincias leonesas, 5.2 % de las de
Castilla La Vieja, un 6 % de las gallegas, y un 5.3 % de la
Meseta Meridional. Falta aún un resto del porcentaje al que
pertenecerían andaluces y extremeños, entre otros.
En los primeros tiempos, la necesidad de mano de obra de
cualificación media (los oficiales) era muy importante. Estos
trabajadores estaban en activo, generalmente, en otras
empresas de la región o del exterior. Aunque los salarios que
aquí se les ofrecían eran ligeramente superiores no
constituían suficiente tirón como para forzar un traslado. La
forma de atraerlos fueron las llamadas "ventajas sociales", y
sobre todo la vivienda.
En este contexto socio-económico hay que situar el nacimiento
de barrios como el de
La Texera,
La luz,
Villalegre,
La Carriona,
Llaranes,
... Las propias empresas o el Estado llevaron a cabo esta
tarea.
Ensidesa edificó, entre otros, los
barrios de
La Texera,
Llaranes
y
Trasona para los obreros,
Las
Estrellas (
La Rocica) para los
técnicos medios y una urbanización en el centro de Avilés (
Calle
de González Abarca) para los ingenieros y
directivos. Por su lado,
Cristalería Española
construyó los poblados de
Jardín de Cantos y
La Maruca para sus
obreros y técnicos, respectivamente. Y con iniciativa estatal
y privada surgen nuevos barrios, entre otros,
Buenavista,
La Carriona,
Versalles
y
La Luz.
El 26 de agosto de 1.965, Ensidesa comienza
su producción de chapa fina. El tren de laminación en frío
fabrica su primera bobina.
El 10 de agosto de 1.966, se pone en funcionamiento el tercer
horno alto de Ensidesa, bautizado con el
nombre de Rosario y esperándose que
aumentase la producción nacional de arrabio en un 25%.
El 27 de julio de 1.969, el vicepresidente del gobierno,
almirante Luis Carrero Blanco en compañía
de López Bravo y López Rodó,
presidieron el encendido del horno alto IV de Ensidesa,
que elevaba la producción de arrabio a 3.5 millones de
toneladas anuales.
En la mañana del 6 de febrero de 1.971 Avilés despertó con un
gran estruendo, con la explosión en la acería
LDI de
Ensidesa de un depósito receptor de valor
recalentado, delante del poblado de
Llaranes
en la que perdieron la vida ocho personas, y
hubo numerosos heridos. Fue el accidente laboral más grave
sufrido en la comarca.
En enero de 1.977, comienza la mayor huelga de
Ensidesa.
La empresa decide castigar a más de seis mil trabajadores a
veintiún días de suspensión de empleo. El 25 de enero los
obreros se encierran en las iglesias de
Sabugo y
de
Llaranes,
hasta que por la noche la policía los saca salvajemente. Los
días 26 y 27, Avilés se ve envuelta en una batalla callejera
entre los manifestantes y las fuerzas antidisturbios. En los
primeros días de febrero se calma y Avilés vuelve a la
tranquilidad.
La crisis de los setenta saca a la luz los fallos
estructurales de Ensidesa, que la hacían
incompetente en una crisis muy seria. Las carencias de diseño
se hicieron más evidentes, el arrabio producido era excesivo
para alimentar el consumo de la acería, el excedente se
exportaba a precios por debajo de su coste; el acero era
insuficiente para abastecer el tren devastador; las dos
acerías se instalaron sin conexión en los extremos de la
fabrica, mientras que los talleres de laminación lo hacían por
tres áreas, notándose la ausencia de instalaciones para
comercializar con los productos laminados. Las decisiones
políticas fueron perniciosas, la dilación en la puesta en
marcha de la segunda fase de la empresa al ceder a las
presiones de empresas siderúrgicas privadas, el excesivo y
antieconómico volumen de todo tipo de gastos sociales, en una
empresa que actuaba sin mirar perdidas si no como escaparate
del Régimen.
Desde la mitad de la década de los ochenta Ensidesa
se va deshaciendo de lo que habían sido edificios de uso común
de los poblados (iglesias, colegios, economatos, ...).
Ensidesa fue un gigante hasta para contaminar.
La industria mató la ría. No fue la única víctima. Cuando la
industria alcanzó el cenit de su producción, Avilés padeció
también los mayores niveles de contaminación conocidos. Tanta
que sólo la ciudad polaca de Katowice, por
entonces ejemplo de los males provocados por los demonios del
Este, podía superar a la nuestra en los niveles de
contaminación. La variedad de contaminantes era interminable:
partículas sólidas, dióxido de azufre, óxidos de nitrógeno,
hidrocarburos, fluoruros, amoniaco, trimetilamina,… Anualmente
se emitían a la atmósfera de Avilés, sólo en partículas
sólidas, 25.000 toneladas. En los períodos de buen tiempo,
cuando los vientos soplaban del noreste, dirección de la
fábrica siderúrgica con respecto a la ciudad, el peligro era
máximo. Las situaciones de emergencia extrema se repetían al
menos dos veces al año (en agosto y diciembre).
Por aquellos años si es que se hacían mediciones nadie lo
sabía (tampoco importaba demasiado). Cuando se iniciaron,
revelaron una situación de emergencia permanente. En 1.979 los
niveles de materia sedimentable eran de más de 10.000 mg/m2 y
día. El límite legal permitido era sólo de 300. La ciudad era
una trampa para la salud, un atentado permanente para la
higiene. Las placentas negras recogidas en los paritorios de
Avilés salieron a la luz ante los ojos de asombrados expertos
que ponían a nuestra ciudad como ejemplo vivo de los males que
la industrialización salvaje y mal planificada provocaba entre
la población. Los avilesinos se acostumbraron al aumento de la
patología respiratoria, al escozor de los ojos, a un bochorno
que a veces no era normal, a no ver nunca fachadas limpias y a
entender de partículas sedimentables que caían sin cesar a
tierra y que, sin preguntarles más filiación, todo el mundo
sabía que eran “carbonilla”.
El fracaso del Plan Siderúrgico elaborado en 1.974 y
suspendido en 1.980, el desequilibrio entre producción y
consumo, la competencia de los países de nueva
industrialización produciendo a bajos costes, todo ellos hace
inevitable para las autoridades acometer la “primera
reconversión de la siderurgia integral” en los años
1.984-1.990. Las consecuencias de ese Plan para Ensidesa
fueron la construcción de la moderna acería LD-III.
En 1.990, comienza el proceso de "privatización" de las
viviendas, además de transferir al ayuntamiento de Avilés las
infraestructuras y suelo común y la red eléctrica a Hidroeléctrica
del Cantábrico.
La segunda reconversión, El Plan de Competitividad se
aplicó entre 1.991 y 1.997. Las medidas fueron más radicales
al suponer en la práctica la desaparición de Ensidesa
en 1.995 y englobarse en la Corporación de la Siderurgia
Integral (CSI).
A las dos de la madrugada del 1 de julio de 1.998 Avilés
apagaba su último horno, el Carmen IV.
Acababan así cuarenta años de historia de la siderurgia más
importante de España, una parte fundamental de la historia de
Avilés.