Plaza de Carlos Lobo
En la villa amurallada y en tiempos medievales, había cinco
calles. Las –hoy– de
La
Ferrería,
El
Sol,
San
Bernardo y
La Fruta entonces
dividida en dos:
Cimadevilla y
calle
Oscura. Y tres plazas:
Baragaña (al costado de la fachada de
Valdecarzana que vierte a
El Sol), la plaza
de la
Rúa Nueva o ‘
de la Villa’
(hoy inexistente, estaba situada en el entronque de
La
Fruta y
El Sol) y, la plaza de
San
Nicolás delimitada, por la histórica iglesia de
igual nombre (hoy conocida como ‘la de los Padres’) y
La
Ferrería.
Esta plaza –durante siglos llamada de
San Nicolás fue,
en 1920, rebautizada (vaya por Dios) con el nombre del alcalde
Carlos Lobo– era la más importante, el centro
dinámico de Avilés, por ser la antesala del puerto, situado a
unos metros (durante siglos estuvo en la calle
La Muralla), lo que la convertía en un zoco y lugar de transacciones.
Y también estaban aquí los alfolíes (almacenes de sal) que,
aparte de ser inagotable fuente de riqueza –por su alto valor
como conservante alimenticio– extendieron por los mares la
fama de Avilés como uno de los puertos más importantes
y salerosos de la costa norte atlántica europea.
En esta plaza, hubo mucho poder y también mucho difunto.
Durante siglos, en sus predios, se reunieron mandamases
religiosos y civiles, ya que la iglesia
de San Nicolás de Bari, era la ‘catedral’ del alfoz
avilesino y el Ayuntamiento se reunía en el cementerio, que
estaba junto a la capilla de Las Alas,
hoy situada en un patio de luces lucido de gótico. Con tendales, eso sí.
Ya decía Cervantes que es ligero el tiempo y no hay barranco
que lo detenga. Como al agua que manaba de la fuente
de los Caños de San Nicolás, hoy desaparecida. Y si
en otros lugares el tiempo confunde, en esta plaza funde.
Porque contiene el pasado arquitectónico más remoto de Avilés
(iglesia del siglo XII) a la vez que es plaza con vistas (en
un ángulo que abarca desde el templo, románico, hasta la Casa,
barroca, de Lobo) al presente más inmediato, a unos metros de
distancia en el otro margen de la ría, de un complejo
vanguardista, diseñado por el famoso arquitecto Oscar
Niemeyer. Es el lugar, del casco histórico, más
cercano al nuevo espacio artístico.
San Nicolás, templo,
tuvo protagonismo de vigía, pues desde su espadaña se oteaba
el horizonte por ver si por la Ría aparecían piratas vikingos
o árabes, buscando tomar Avilés al abordaje.
Y templo y plaza, fueron testigos de cargo, mediado el siglo
XX, del nacimiento de una de las más grandes siderúrgicas de
Europa. Precisamente en el edificio nº 29, de la
calle Ferrería, que da a esta plaza
(y en el solar donde estuvo la casa natal de
Pedro Menéndez de Avilés,
lo que son las cosas) se instalaron las primeras oficinas de
aquella
ENSIDESA.
Y también al lado, en el nº 31, vivió el bendito filósofo,
‘maldito’ en España,
Estanislao
Sánchez-Calvo, muy leído en países centroeuropeos.
Y, en el nº 1 de la plaza fue donde nos nació la imprenta, en
1866, de la mano de Pruneda.
En este mismo recinto, pero un siglo después, se inauguró un
sofisticado café, ‘Dulcinea’,
que marcó época en Avilés, ya que lo mismo servía cubatas, que
despachaba debates culturales o música a la carta. Muy cerca
del ‘Dulcinea’ y
especializado en vinos y tapas de cecina y queso, estuvo el ‘
Llagarón’ (1932-2007), un
clásico, no tan finolis de modales y engalanado con tantos
kilos de auténticas y vetustas telas de araña.